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Historia de una vida (Magdala)

Eran cerca de las 9 de la noche de una noche agradable y cálida. Para ese entonces había decidido dejar mi trabajo por las tardes, aun no sabía que con uno era más que suficiente para los planes que Dios tenia para mí.  Decidí no tener tiempos libres y me inscribí a clases vespertinas de inglés, así es que ahí estaba de nuevo, en un aula de clases, sentada en una butaca conviviendo con universitarios. Ese día recuerdo que decidí caminar, dejar el coche en casa y caminar un poco, aunado a que el encontrar estacionamiento era cosa de perder 10  o 15 minutos de clase.

Hacía tiempo que venía disfrutando estar sola, disfrutar mi propia compañía y hacer mis oraciones; ya había vivido retiro y estaba en proceso de consagración. Como sea, ese día al terminar la clase camine hasta la parada del autobús , pero algo en esa noche me hacía sentir distinta, viva, feliz y con un extraño sentir que jamás había sentido… aun no identificaba esos pequeños regalos que concede el Espíritu Santo.   Camine con mi bolsa en hombro y al llegar al puente, vi desde lo lejos a un hombre anciano parado. Me pareció un tanto extraño verle inmóvil justo en medio de aquel puente peatonal. Sostenía algo con sus brazos y con una mano, conforme me fui acercando me pareció aún más desconcertante ver que estaba solo  en esa zona tan transitable. 

Los que caminaban a su alrededor se abrían paso a sí mismos para esquivarlo, era como invisible a sus ojos. Al llegar a él me detuve y al mire su rostro por un momento, se desvaneció algo dentro de mi como cuando sumerges los pies en un rio de agua helada, al ver esos ojos, esos tiernos ojos… ese mirar tan lleno de bondad y ternura a la par, esos ojos… acaso es que ya los había visto antes?

-Que vende señor?-le pregunte mientras veía que eran pequeños paquetitos de papel llenos de semillas, delicadamente doblados. –Semillas- me dijo. –a como las da? Y con un suave gesto me señalo con su dedo índice: -A peso- me sorprendió su respuesta y le respondí con una pregunta nuevamente –A peso?-  Si- me respondió con una tierna sonrisa.

Me embargó un sentimiento de tristeza y melancolía al ver a ese hombre tan desprotegido, vendiendo semillas a las 9 de la noche en un puente peatonal. Le pregunté donde vivía, porque estaba solo, si tenía familia. Lo comencé a inundar con una serie de preguntas hasta que me percaté de que el en todo momento sonreía, había en él un semblante de quietud y pensé hacia mis adentros: -Para ya con el interrogatorio, y haz algo si es que lo vas a hacer-. 

Le dije que como podía ayudarlo, y al hacerle esta absurda pregunta me di cuenta que tal vez era yo la que necesitaba más de él que el de mí. Quería aquello que él tenía,  esa paz y ese rostro lleno de arrugas que contaban una historia de vida y que con el correr de los años lo llenaron de dicha, ese semblante lo demostraba incluso más que cualquier palabra, había en el una extraña juventud más fresca incluso que la de un adolescente. Era un semblante que jamás había visto en nadie más.

-Señor dígame algo: si le queda ganancia?- (otra vez con mis preguntas) es que me llenaba de impotencia ver su inocencia ante un mundo corrompido y tan quebrado por la indiferencia y el abuso hacia los débiles. –Pues a veces sí y a veces no-- me respondió. Mire: hay personas que no me pagan nada y se las llevan, hay otras que me pagan muchas y no se llevan ni una sola, pero lo importante es que siempre me quedo con algo, con semillas o con dinero. Sonrío nuevamente.

Me quede callada por un momento imaginando a aquellos que tenían la desfachatez de robar a un pobre hombre indefenso. Sentí el amargo sabor de la crueldad y vino a mi pensamiento aquellas veces en que yo misma eh tenido la desfachatez no de robar sino de herir, de lastimar;  igual da lo mismo robar, herir, mentir, todo va unido con todo no? De pronto comprendí que en ese hombre se manifestaba el amor de Dios. Como digo esto? No lo sé, no se explicarlo, mi mente es demasiado austera y cuadrada para entender los misterios de Dios que nos rodean a cada minuto y cada segundo de nuestras vidas. Solo sé que lo vi en él, en su mirar, en sus manos cuarteadas por arrugas, en su presencia, incluso sé que cada palabra que él me dijo  venían de él.

Me cercioré de que iba a estar bien, saque algo de dinero de mi bolso y tome un par de semillas. No dije nada más y me di la vuelta. Seguí mi camino y en cada paso que iba dando fui comprendiendo que así es él, Jesús… se para justo enfrente de nuestro camino, con una canasta como la de aquel hombre, llena de semillas de gracia y misericordia. Algunos lo vemos y nos seguimos, algunos ni si quiera lo vemos e incluso hay quienes aún al verlo lo esquivamos.

A él no le importa cuanto tomo o que dejo o en qué cantidades, si le pago o me guardo el dinero a manos llenas y aun me atrevo a tomar lo que trae esa canasta. Comprendí que el solo quiere que por un momento, de vez en cuando, paremos en este transitar llamado vida y me detenga a conversar con él, y contemple su infinito amor y misericordia.

Será que hoy me detuve a mirar y a conversar con el anciano de las semillas…?

 

Magdala.

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